
La crisis radical no es de sus instituciones, es de identidad y es de conducta
Es saludable que los radicales asumamos que el partido está en crisis, pues ello es vital para trabajar en el cambio que necesitamos.
Lo primero que debemos establecer es su naturaleza. Desde mi perspectiva, el resultado electoral de agosto y octubre es apenas un emergente de una crisis más duradera, sobre la cual las generaciones más jóvenes del partido venimos alertando desde hace años.
La crisis radical es, esencialmente, de identidad. Y es de conducta. Dos elementos constitutivos del ADN radical cuya reparación no depende de la modificación de la Carta Orgánica. Para decirlo más claro, no se trata de las reglas sino de la predisposición de todos a cumplirlas.
Como reformista convencido, no me opongo a revisar nuestras instituciones partidarias.
Siempre es posible mejorarlas de manera que en siglo XXI sigan cumpliendo los objetivos fundacionales de la UCR. Pero caeríamos en voluntarismo político, o lo que es peor, en mero maquillaje coyuntural, si depositamos en esa reforma nuestras expectativas de superación de la crisis partidaria.
Cabe esperar que, de avanzarse en una modificación a nuestra ley partidaria
fundamental, se realice cumpliendo los plazos y requisitos que ella misma establece para su reforma. Algo elemental en el partido del respeto a ley.
También deseamos que sea producto de un debate profundo, horizontal y democrático, que otorgue participación al afiliado y a los militantes, ausentes en todas las decisiones partidarias de los últimos tiempos.
Sostengo que la crisis es de identidad. Lo primero que debemos establecer es que el radicalismo no es un partido de “poder”, sino de “principios”. No es un juego de palabras ni una apelación a convertirnos en una fuerza testimonial.
Sencillamente digo que es en torno a nuestros principios que debemos reunir a las mayorías que aspiramos a representar.
Ello nos conduce a otro elemento importante a la hora de definir la “identidad” radical: el sujeto de representación.
Claramente el peronismo kirchnerista nos arrebató la representación de los sectores medios de la sociedad, en tanto pudo encarnar el ideal de progreso y movilidad social, demandas específicas de este sector de la población.
Paralelamente a que sus políticas, de cuño populista, pero distributivas al fin, le permitieron afirmarse en las capas más pobres, donde el peronismo es fuerte desde su fundación.
¿Qué ha hecho la Unión Cívica Radical ante esto? Para mí está claro: mutó en una fuerza más conservadora y renunció a la representación de sus bases históricas.
Recuperar nuestra identidad supone entonces dar la batalla por la representación de los humildes y de la clase media. Es eso o ser el partido que represente a las corporaciones y a los sectores más concentrados.
La otra cara de la crisis, en mi opinión, es de conducta. Es cierto que, confundida o bastardeada la identidad, cada dirigente o cada sector partidario hayan sentido el derecho de actuar de la manera que más se ajusta a su propia interpretación de la misma. He aquí el meollo de la cuestión, la profundidad de la crisis. Aún así, asumiendo cierta justificación al “sálvese quien pueda”, considero que hemos llegado a niveles intolerables de insolidaridad política entre integrantes de un mismo partido.
No me refiero tanto al triste “festival de egos” que caracteriza a nuestra actual dirigencia partidaria. Hago hincapié en un hecho que pinta la inconducta partidaria con toda claridad: hemos ido a una elección nacional con un candidato que pese a su gran despliegue militante, acabó aislándose del partido y de la militancia, que se rodeó de una camarilla que lo mal aconsejó (como toda camarilla), y que se convirtió en un candidato autista. Como contrapartida asistimos impávidos al abandono a su suerte, desde la más alta esfera partidaria (y de ahí para abajo propagado como mancha de aceite), del candidato y de la fórmula.
“Doctrina para que nos entiendan, conducta para que nos crean”. He aquí el programa de las nuevas generaciones del radicalismo, inspirado en el más lúcido de los intelectuales de nuestra historia partidaria, y a la vez el más completo militante. No se trata de reformas apuradas ni de maquillajes.
Mucho menos de hombres providenciales. Se trata, a mi entender, de dar paso a una profunda y verdadera renovación partidaria, que nos reencuentre con la esencia del “ser” radical, que es la representación de los que más nos necesitan desde la concepción de la emancipación del hombre de toda servidumbre, con la legitimidad del militante que se sacrifica por sus conciudadanos desde la transparencia de su conducta ética. Estoy persuadido que ese es el radicalismo que la gente anhela y que esa debe ser la catadura moral de las mujeres y hombres que encumbremos en el proceso partidario que viene, en el cual, estoy convencido, las nuevas generaciones deben tener un rol absolutamente protagónico.






13:10
Algunos se deberían ir del Radicalismo ya, por ejemplo Cobos, Aguad, Morales, Sanz y unos cuantos mas. Y darle el papel protagónico a los jóvenes. Esta dirigencia caducó hace rato y se niega a dejar sus sillones del comite nacional. El radicalismo debe entender que es una fuerza progresista. El pacto Alfonsín hijo / De Navaéz no solo fue el peor acuerdo político de la historia (no fue un win-win, sino un win-lost donde solo De Narvaez ganó algo del acuerdo para después irse con Rodríguez Saa y su bizarro grupo de esotéricos y opusdeistas). Creo que cada vez que se hable de renovación deberían pasar el spot de campaña donde Alfonsín le decía a De Narvaéz ¨Francisco, yo creo en vos¨ para no repetir tamaño error. El Radicalismo debe volver a la Internacional Socialista y todos tenemos que decir ¨NUNCA MAS¨ a los acuerdos entre gallos y medianoche con la derecha neoconservadora !