
“Si estamos defendiendo los intereses del pueblo, pues no tengo ningún problema en que seamos una escribanía”. Julián Domínguez, Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación.
Podría tratarse de una más de las abundantes obsecuencias hacia la Presidente Cristina Fernández de Kirchner por parte de sus colaboradores. Pero habiendo surgido del hombre que está ubicado en el cuarto lugar de la sucesión presidencial argentina amerita, al menos, llamar la atención sobre la superficialidad, frivolidad e irresponsabilidad con la cual se expresan y actúan las principales espadas kirchnerista.
La hiperactividad del Congreso de la Nación en las últimas semanas del año podría presumir la robustez de nuestras instituciones. Sin embargo, la casi total ausencia de debate en leyes claves, sumado a los modos y al destrato por parte de las contundentes mayorías oficialistas hacia la oposición, permiten imaginar tiempos difíciles para los defensores de la división republicana de gobierno. Frente a ello, la expresión de Domínguez, sin duda, desafortunada, no deja de ser un profundo sinceramiento.
Todos los actos del gobierno desde las pasadas elecciones de 23 de octubre vienen confirmando la imposición de una nueva “cultura” política tendiente a degradar todas las expresiones institucionales de equilibrio del poder y respeto por las minorías y la pluralidad de ideas. Baste recordar, desde lo simbólico, las circunstancias que rodearon la sucesión presidencial.
Más grave resulta cuando todos estos actos son realizados en nombre de los “intereses del pueblo”. Como si los millones de argentinos que no votaron por este gobierno formaran parte del “anti pueblo”. La burda simplificación, cargada de cinismo, es además un ejemplo de la baja calidad formativa y argumentativa de los dirigentes oficialistas.
Frente a ello cabe esperar que los diputados y senadores de la oposición despierten y comiencen por plantear el respeto a su propia investidura, que no es otra cosa que el reconocimiento a su condición de representantes, ¡también ellos!, del pueblo que los votó. Si se permiten abusos porque “arrasaron en las urnas”, es posible que la reacción llegue tarde.
Es tiempo de legisladores valientes que, como aquel bloque radical de los 44, supo entrar en la historia como límite último a los deseos del fundador del peronismo de convertir el país en una democracia plebiscitaria y al congreso en una escribanía del gobierno. Es lo que esperamos de la oposición, al menos de la que consideramos la valla más importante al avasallamiento de las instituciones, la Unión Cívica Radical.





